La transición hacia sistemas energéticos con menores emisiones está haciendo que muchas industrias revisen la manera en la que producen calor y frío. Dentro de este proceso, la aerotermia está ganando presencia como una alternativa capaz de aprovechar la energía térmica presente en el aire exterior para cubrir determinadas necesidades de climatización y producción de agua caliente. Su expansión en el ámbito industrial responde tanto a la necesidad de reducir el consumo de combustibles fósiles como al interés por controlar mejor los costes energéticos.
El funcionamiento de la aerotermia parte de una idea relativamente sencilla. Una bomba de calor extrae energía térmica del aire exterior y, mediante un ciclo termodinámico, eleva su temperatura hasta alcanzar un nivel útil para el proceso al que se destina. En verano puede realizar la operación inversa y trasladar el calor desde el interior hacia el exterior. A diferencia de una caldera convencional, no genera el calor mediante la combustión de un combustible, sino que utiliza electricidad para hacer funcionar el ciclo.
Esta diferencia resulta especialmente importante desde el punto de vista ambiental. Una parte significativa de las emisiones asociadas a la demanda térmica industrial procede todavía de combustibles como el gas natural, el gasóleo o determinados combustibles sólidos. Sustituir una caldera convencional por una bomba de calor puede reducir las emisiones directas del proceso porque desaparece la combustión en el propio punto de consumo. El resultado global dependerá, entre otros factores, de la electricidad utilizada y del rendimiento del sistema.
La eficiencia es precisamente uno de los principales argumentos de esta tecnología. Una bomba de calor no convierte directamente la electricidad en calor, sino que utiliza esa electricidad para transportar energía térmica desde una fuente hasta otra. Por eso puede entregar varias unidades de energía térmica por cada unidad de electricidad consumida, aunque el rendimiento real depende de la temperatura exterior, las condiciones de trabajo y el diseño de la instalación.
Esta característica adquiere especial valor en determinadas industrias que necesitan calor a temperaturas relativamente moderadas. Procesos de lavado, secado, precalentamiento, calefacción de naves, producción de agua caliente sanitaria o acondicionamiento de determinadas instalaciones pueden encontrar en la aerotermia una alternativa viable a soluciones basadas exclusivamente en combustibles. La idoneidad cambia considerablemente cuando se requieren temperaturas muy elevadas, por lo que no todos los procesos industriales pueden sustituirse directamente.
El desarrollo de las bombas de calor de alta temperatura está ampliando precisamente ese campo de aplicación. Las tecnologías actuales permiten trabajar en rangos superiores a los de los sistemas domésticos convencionales y alcanzar temperaturas adecuadas para determinadas aplicaciones industriales. La Agencia Internacional de la Energía considera que las bombas de calor de alta temperatura pueden desempeñar un papel importante en la descarbonización de usos térmicos industriales que actualmente dependen de combustibles fósiles.
La industria alimentaria es uno de los sectores donde existe un potencial especialmente interesante. Muchas de sus instalaciones necesitan simultáneamente refrigeración y calor en diferentes etapas de producción. La posibilidad de aprovechar el calor residual que genera una instalación frigorífica y utilizarlo para calentar agua o atender otras necesidades puede mejorar el aprovechamiento energético global del sistema.
Algo parecido ocurre en determinados procesos industriales donde existe una demanda simultánea de frío y calor. En lugar de considerar ambos consumos como operaciones independientes, una instalación correctamente diseñada puede recuperar parte de la energía que normalmente se expulsaría al ambiente. Esta integración es una de las principales ventajas de las soluciones basadas en bombas de calor frente a sistemas separados.
La recuperación de calor resulta además especialmente atractiva porque permite aprovechar energía que ya está disponible dentro de la propia fábrica. El calor procedente de una línea de producción, de un sistema de refrigeración o del aire de extracción puede ser recuperado mediante intercambiadores y utilizado en otro punto de la instalación. La aerotermia puede integrarse en estos esquemas para elevar la temperatura de esa energía y hacerla aprovechable para otros usos.
Esta integración está estrechamente vinculada a una tendencia más amplia: la electrificación de los procesos industriales. A medida que aumentan las posibilidades de producir electricidad mediante fuentes renovables, la sustitución de equipos térmicos alimentados por combustibles fósiles por tecnologías eléctricas puede contribuir a reducir las emisiones asociadas a la actividad industrial.
España parte de una situación especialmente favorable por el peso creciente de las energías renovables en su sistema eléctrico. Red Eléctrica registró en 2025 una participación de las renovables del 56,6% en la generación eléctrica nacional, un máximo histórico. Cuando una bomba de calor funciona con electricidad procedente de un sistema con una elevada participación renovable, su huella de carbono puede ser considerablemente inferior a la de una instalación que utiliza combustibles fósiles directamente.
Esto no significa que una instalación aerotérmica sea automáticamente sostenible en cualquier circunstancia. Su rendimiento depende de las condiciones de funcionamiento y también de la eficiencia del edificio o proceso en el que se instala. Una fábrica con grandes pérdidas térmicas puede necesitar mucha más energía que otra con una envolvente y unos sistemas correctamente optimizados. Por eso, la sustitución de equipos debe formar parte de una estrategia energética más amplia.
El diseño tiene una importancia decisiva, puesto que la temperatura a la que necesita trabajar el proceso, el perfil horario de la demanda, la superficie disponible, las condiciones climáticas y la posibilidad de aprovechar calor residual son factores que deben estudiarse antes de elegir una solución. Una bomba de calor dimensionada incorrectamente puede perder eficiencia, aumentar el consumo eléctrico o quedarse corta en los momentos de máxima demanda.
También cambia la estructura de los costes, y es que los sistemas de aerotermia requieren una inversión inicial que puede ser superior a la de una instalación térmica convencional, especialmente cuando se trata de proyectos industriales de gran dimensión. Sin embargo, los costes de funcionamiento pueden ser inferiores cuando la instalación consigue trabajar con un buen rendimiento y el precio de la electricidad resulta competitivo frente al combustible sustituido.
La posibilidad de combinar la aerotermia con autoconsumo fotovoltaico añade otra capa de interés. Una fábrica que dispone de una instalación solar puede destinar parte de la electricidad producida a alimentar sus bombas de calor durante las horas de mayor radiación. Esto permite utilizar directamente parte de la energía generada en la propia instalación y reducir la dependencia de electricidad adquirida de la red.
El almacenamiento térmico puede complementar todavía más este modelo. En lugar de generar calor exactamente en el mismo momento en que se necesita, determinadas instalaciones pueden producir agua caliente o acumular energía térmica durante los periodos más favorables y utilizarla posteriormente. Esta posibilidad ayuda a gestionar mejor la demanda y puede mejorar el aprovechamiento de la electricidad renovable disponible.
Otro aspecto relevante es el ruido y, en este sentido, las instalaciones industriales de gran tamaño deben tener en cuenta las emisiones acústicas de sus equipos, especialmente cuando se encuentran cerca de zonas residenciales. Las tecnologías actuales han mejorado el diseño de ventiladores, compresores y sistemas de control, aunque las características concretas de cada instalación siguen determinando la solución acústica necesaria.
El espacio también cuenta, dado que las bombas de calor pueden requerir unidades exteriores de grandes dimensiones, acumuladores, intercambiadores y otros equipos auxiliares. En algunas industrias, encontrar la ubicación adecuada puede ser una de las principales dificultades del proyecto. Además, deben garantizarse las condiciones necesarias para el flujo de aire y para realizar las operaciones de mantenimiento.
El mantenimiento de estos sistemas es diferente al de una instalación basada en combustión. No desaparecen las necesidades de revisión, pero cambian los puntos de atención. Compresores, ventiladores, intercambiadores, circuitos frigoríficos, bombas y sistemas de control deben mantenerse en buenas condiciones para conservar el rendimiento. La suciedad de los intercambiadores o la reducción del flujo de aire pueden afectar negativamente al funcionamiento.
La regulación también está evolucionando para acompañar el crecimiento de estas tecnologías, tal y como nos indican desde García Guirado, quienes nos dicen que la Unión Europea está impulsando la sustitución progresiva de sistemas basados en combustibles fósiles y considera las bombas de calor una herramienta relevante para avanzar hacia la electrificación y la reducción de emisiones. El nuevo marco europeo sobre eficiencia energética y descarbonización está aumentando la presión para que las empresas mejoren el rendimiento de sus instalaciones térmicas.
En España, este proceso se relaciona además con los objetivos del Plan Nacional Integrado de Energía y Clima, que plantea una reducción importante de las emisiones de gases de efecto invernadero y una mayor presencia de tecnologías renovables y electrificadas. La industria está llamada a participar de forma significativa en esta transformación porque una parte importante de su consumo energético continúa asociada a procesos térmicos.
¿Qué otras acciones están llevando a cabo las empresas para ser sostenibles?
La sostenibilidad empresarial ya no se limita a reducir el consumo energético. A medida que las empresas incorporan criterios ambientales a su estrategia, aparecen actuaciones que afectan a prácticamente todas las fases de su actividad, desde la forma en la que compran hasta la gestión de los residuos, el diseño de los productos o la relación con sus proveedores. El objetivo, además, no consiste únicamente en generar menos impacto, sino en utilizar los recursos de una manera más eficiente y anticiparse a unas exigencias ambientales que previsiblemente seguirán creciendo.
Una de las transformaciones más interesantes está produciéndose en los propios productos. Cada vez más empresas intentan alargar su vida útil para evitar que tengan que ser sustituidos con tanta frecuencia. Esto puede conseguirse mediante diseños más resistentes, piezas reemplazables o sistemas que faciliten la reparación. La economía circular está impulsando precisamente esta visión, según la cual un producto no debería terminar necesariamente su recorrido cuando deja de cumplir su función inicial.
La reparación está recuperando protagonismo porque permite reducir el consumo de materias primas y la cantidad de residuos generados. En determinados sectores, las compañías están diseñando productos que pueden desmontarse con mayor facilidad para sustituir solamente el componente deteriorado. También aparecen modelos de negocio basados en reacondicionar productos usados y devolverlos al mercado, una fórmula especialmente extendida en ámbitos como la electrónica.
La gestión de los residuos constituye otra de las áreas en las que las empresas están modificando sus procesos. Separar correctamente los materiales ya no se considera suficiente: muchas organizaciones intentan reducir desde el origen aquello que posteriormente se convertirá en residuo. Esto está llevando a revisar embalajes, procesos de fabricación y formatos de comercialización para utilizar menos material y facilitar su recuperación.
El packaging se ha convertido, de hecho, en uno de los campos donde estos cambios resultan más visibles. Algunas empresas están sustituyendo determinados envases por alternativas reutilizables, mientras otras reducen su tamaño o eliminan componentes que no aportan una función imprescindible. La legislación europea está reforzando esta tendencia mediante nuevas obligaciones destinadas a reducir los residuos de envases y aumentar su reutilización y reciclaje.
Las compras también están cambiando. Una empresa puede reducir su impacto ambiental no solo actuando dentro de sus instalaciones, sino seleccionando de otra manera a quienes le suministran materias primas, componentes o servicios. Los criterios ambientales empiezan a incorporarse a los procesos de homologación de proveedores y, en algunos sectores, se solicita información sobre emisiones, consumo de recursos, procedencia de las materias primas o sistemas de gestión ambiental.
Esta transformación introduce una idea importante: la sostenibilidad ya no depende exclusivamente de lo que hace una compañía dentro de sus propios límites. Una empresa puede tener instalaciones eficientes y, sin embargo, generar una parte importante de su impacto a través de las materias primas que compra o de los productos que adquiere para desarrollar su actividad. Analizar la cadena de suministro permite detectar esos puntos que de otro modo quedarían fuera del control directo de la organización.
También está creciendo el interés por la reutilización del agua. En aquellas actividades donde se utiliza un volumen considerable, recuperar parte del agua empleada puede reducir la presión sobre los recursos hídricos. Algunas instalaciones incorporan circuitos cerrados o sistemas de tratamiento que permiten utilizar nuevamente el agua en determinados procesos, evitando que cada operación dependa exclusivamente de nuevos aportes.
La gestión del suelo y de los espacios exteriores es otra vertiente menos conocida. Algunas empresas están sustituyendo superficies completamente pavimentadas por soluciones que permiten una mayor infiltración del agua de lluvia o incorporando vegetación en sus instalaciones. Estas medidas pueden contribuir a reducir la escorrentía y, al mismo tiempo, mejorar las condiciones ambientales del entorno empresarial.
La movilidad de los trabajadores y de las mercancías también está entrando en las estrategias de sostenibilidad. Más allá de electrificar vehículos, algunas compañías están reorganizando rutas, agrupando desplazamientos y fomentando alternativas al vehículo privado entre sus empleados. La reducción de kilómetros innecesarios puede tener un impacto significativo, especialmente en organizaciones con numerosos desplazamientos diarios.
El teletrabajo también ha cambiado, aunque de manera desigual, las necesidades de movilidad de algunas empresas. Allí donde determinadas funciones pueden desarrollarse a distancia, reducir los desplazamientos habituales puede disminuir las emisiones asociadas al transporte. Sin embargo, este modelo no es aplicable a todas las actividades y sus efectos dependen de las características concretas de cada organización.
En las oficinas, la sostenibilidad está dando lugar a decisiones aparentemente pequeñas que, acumuladas, pueden tener una repercusión importante. La reducción del consumo de papel, la compra responsable de material, la reutilización de mobiliario o la eliminación de productos de un solo uso forman parte de una estrategia que busca reducir consumos innecesarios. La diferencia está en que estas actuaciones empiezan a integrarse en políticas internas y no dependen únicamente de la iniciativa individual de cada trabajador.
La alimentación de los empleados también puede convertirse en un ámbito de actuación. Empresas con comedores propios o servicios de restauración están revisando la procedencia de los alimentos, la cantidad de productos desperdiciados y la gestión de los excedentes. Reducir el desperdicio alimentario permite aprovechar mejor los recursos utilizados para producir, transportar y preparar los alimentos, al tiempo que disminuye el volumen de residuos.
Otra tendencia consiste en medir de una forma más precisa el impacto ambiental de la actividad. Las empresas están incorporando indicadores relacionados con el consumo de materiales, la generación de residuos, el uso del agua o las emisiones asociadas a diferentes procesos. Tener datos comparables permite establecer objetivos y comprobar si las medidas adoptadas producen realmente una mejora.
Esta medición resulta especialmente importante porque la sostenibilidad empresarial está dejando de basarse únicamente en declaraciones generales. Inversores, clientes, administraciones y trabajadores demandan cada vez más información que permita comprobar qué está haciendo realmente una organización. De ahí que los sistemas de reporte ambiental hayan adquirido una importancia creciente, especialmente entre las empresas de mayor tamaño.